top of page

Necesito una barriga

Contengo mis lágrimas, observo sus caras, no quiero estar aquí.

​

Entra la señorita al salón, sin imaginar lo que significa para mí volver a estar rodeado de estas personas, que siempre me tuvieron como objeto de burlas.

​

Anoche mamá me leyó un cuento, en el que sin querer un niño quedaba atrapado dentro de una ballena. En la historia él hacia miles de cosas para salir, pero mientras no lo lograba, vivía en la barriga de la ballena, como si fuera una casa.

​

Si yo fuera ese niño, si cayera dentro de la barriga de una ballena, me quedaba ahí.

Es grande, cómoda, y mis compañeros de clase no llegarán a estar allí nunca.

Me sentiría protegido, solo que echaría de menos a mis papás.

​

Pienso que quizá este salón de clase pueda ser hasta más pequeño que ese lugar.

Me gustaría estar ahí metido, dentro de la ballena, para no verles las caras a los que me robarán la merienda, me llamarán por los peores sobrenombres, y terminarán golpeándome  antes de la hora de salida.

​

Definitivamente necesito buscar a una ballena, que me proteja, y me deje vivir en su barriga. Necesito una barriga.

 

Dios también ama a las mujeres

Emma entró corriendo a su habitación y dio un portazo. Luego se lanzó en la cama y abrazó con el ceño fruncido a su almohada.
Romina, al notarlo, se limpió las manos en el delantal y apagó la hornalla donde un guiso se estaba terminando de hacer.
—Hola, hija, ¿ya llegaste? —dijo Romina golpeando suavemente la puerta del dormitorio de
Emma.
—Sí.
—La comida está casi lista. ¿Está todo bien?
Emma, de un salto, bajó de la cama y abrió la puerta negando con la cabeza, y volvió a sentarse
sobre su cama. Romina la siguió y tomó asiento a su lado preguntando qué le pasaba.
—Felipe me dijo que Dios no quiere a las mujeres.
—Primero, eso es mentira; segundo, ¿quién es Felipe y por qué te dijo eso?
—Está en mi clase Felipe. Y nos dijo a mí, a Sofía y a Martina que Dios no quiere a las mujeres,
que la Biblia dice que las mujeres son malas o un adorno, que están para servir a los hombres, que son todas malas y que Dios no las quiere.
—¿Felipe leyó la Biblia? Porque parece que no.
—Yo tampoco, pero si Dios odia a las mujeres y escribió en su propio libro que las odia, ¿para qué nos hizo así? Bueno, en realidad Martina dijo eso y Felipe le dijo que eran para servir al hombre así como las mascotas, y que las que no lo hacían eran malas y eran tentadoras, y que eran tan malas que hay un mandamiento donde pide que no deseen mujeres porque son cosas malas.
—Felipe no tiene idea. Espera un momento, no te muevas de aquí.
—Bueno, mamá... pero es que si dice que las mujeres son malas, que había una reina mala, que
había una que tentó para que todos nos vayamos a morir y que son todas cosas del pecado...
Mientras Emma seguía argumentando lo que había dicho su compañero de escuela, Romina fue a su dormitorio, tomó una Biblia y caminó rápidamente junto a su hija. Se sentó a su lado y comenzó a hojear el libro.
—Mirá, amor, esto es la Biblia. Tenemos aquí, por ejemplo, en el libro de Jueces 4:4-5, que habla
de Débora. Te resumo lo que dice de ella: fue una jueza justa de Israel, fue líder, profetisa y una
mujer valiente. Bueno, tenemos acá otra —seguía pasando páginas Romina mientras los ojos de
Emma parecían crecer de tanta atención que estaba prestando—: Ester. Esta mujer tiene su propio libro en la Biblia; fue una joven judía que se convirtió en reina de Persia y arriesgó su propia vida para salvar a todo su pueblo de un exterminio. Aquí en su libro, en Ester 4:16, la podés conocer — miró a la niña, le sonrió y siguió buscando páginas hasta encontrar más y seguir hablando—: otra con su propio libro es Rut, una mujer moabita conocida por su fidelidad a su suegra Noemí y su arduo trabajo, convirtiéndose en antecesora del rey David y de Jesús. Aquí la ves en Rut 3:11.
La niña escuchaba atentamente mirando los dedos de su mamá moviéndose sobre el papel gastado.

—Y me acuerdo de dos más, estas son: en el libro de 1 Samuel 25:3 vas a encontrar a Abigail, que
con su inteligencia y diplomacia intervino a tiempo para evitar un derramamiento de sangre y salvar a su familia de la furia de David. En Hechos 18:26 está la líder en la iglesia primitiva junto a su esposo Aquila; enseñó la doctrina cristiana a otros líderes y apoyó al apóstol Pablo: ella se llamaba Priscila.
Romina cerró el libro, lo puso sobre su falda y siguió hablándole a Emma:
»Si es verdad que alguna fue mala, como Jezabel, que era una reina codiciosa y malvada, pero
también había villanos como Herodes, Barrabás y tantos otros. No importa si es hombre o mujer
para ser bueno o malo. Amor, el mismísimo Dios le pidió permiso a una mujer para que le dé un
hijo. La virgen María no fue al servicio de nadie ni fue obligada a nada; incluso hay una canción de la iglesia que dice que María dijo que sí, porque ella aceptó ser la mamá del Hijo de Dios, no la
obligaron. Cuando el Hijo de Dios resucitó, ¿sabés quién fue la primera persona en saberlo y a
quien Él le dijo que se lo dijera al mundo? María Magdalena, una mujer que fue malinterpretada y se la catalogó como algo que ella no era. Ya sabés de qué tenía fama, ¿no? Bueno, la Biblia jamás dice que ella trabajara en lo que dicen que trabajaba. Y el propio Hijo de Dios defendió a una mujer de que le tiraran piedras diciendo que aquel que no haya pecado comience a tirarlas.
Emma asintió en silencio mirando fijamente a su madre con un brillo intenso en su mirada y la boca entreabierta. Romina continuó:
»Así que decile a Felipe que Dios también ama a las mujeres, que él no leyó nada y habrá
escuchado puras tonterías. Es más, la Biblia nunca dice que Eva tentó a Adán: estaban juntos y
decidieron hacer algo mal ambos. Y lo del mandamiento está también mal dicho: lo que no debés
codiciar es las pertenencias de otra persona, errores de traducción. Pero la realidad es que así como no debe un hombre envidiar lo que tiene otro, tampoco debe hacerlo una mujer; así como no te debés fijar en una esposa ajena, tampoco en un esposo, es igual. Dios te ama como a todos los
demás, y si no quiere entender, que venga, que yo le leo con paciencia cada una de las partes para
que vea que está equivocado. Vamos, que termino de hacer el guiso y almorzamos.
Emma, muy sonriente y enérgica, le pidió a su mamá que le dejara marcada cada parte de la que le
había hablado porque iba a leerlo así como pudiera, y corrió a poner la mesa. Romina prendió la
hornalla y terminó de cocinar mientras veía el entusiasmo de su niña colocando platos y cubiertos.

La navidad de 1500 horas

Dicen que un año dura un poco más de trescientos días, que una semana siete días y que un día veinticuatro horas de las cuales menos de la mitad son una noche y que la navidad dura un día, pero para mí que dura como mil quinientas horas.

Mi madre se levanta casi de madrugada para limpiar y limpiar, limpiar como si viviéramos en el chiquero de los chanchos más mugrientos, porque pasa horas y horas limpiando una casa que, por cierto, se ve muy limpia antes de que comience la limpieza navideña.

Cocina y cocina, lleva cocinando ya más de tres días me parece, pero ese día sigue cocinando, mi padre comienza a hacer fuego y se sienta, y va, y viene, y camina, y mira las llamas, y frunce el ceño, y se niega y sonríe, y asiente, y se vuelve a negar, pone la carne al fin, y la mira, y va y viene y la vuelve a mirar, y vuelve a fruncir el ceño y vuelve a sonreír y otra vez se pone serio, y otra vez mira la carne, la toca con los tenedores largos esos y vuelve a poner cara de preocupado.

Almorzamos alguna porquería porque de noche es el gran banquete. Entre las seis y las ocho de la noche llega la tía Marisa, se viste como para la entrega de los premios Óscar y se burla del matrimonio, la sociedad, el patriarcado, comienza a beber y a arrastrar las palabras, mamá le aconseja que no tome más porque después no va a disfrutar la noche, no le hace caso, se ríe a carcajadas y para la hora de la cena está llorando porque nadie la ama, porque está más vieja y con suerte no vomita antes de la mañana.

Luego de Marisa llega mi abuela Martha, Marisa y mamá se ponen melancólicas hablando de cuando su padre vivía, la abuela comienza a lagrimear, me cuenta otra vez cómo conoció al abuelo Arturo, me cuenta del nacimiento de mamá, del de mi tía, del mío, y ya le reclama a Marisa que no le dio nietos y Marisa se ofende y enoja, y le dice que ella no sigue las normas sociales, y volvemos al punto de la borrachera y el llanto de la tía Marisa.

Comemos y comemos, los vecinos hacen baile, o eso parece que se escucha, en realidad ponen música y gritan en micrófonos, pero papá dice que están de baile, mi madre se queja de que no se puede ni hablar, mi padre de que su familia no le habló ni dejó ningún mensaje, mamá de acuerdo le dice que nunca están sus hermanos para nada, papá comienza a defender a sus parientes y se pelean. De la nada mamá recuerda en sus discusiones con papá que yo con catorce años ya y no ayudé en nada y está agotada, yo me hago la sorda, desde los nueve que lo viene diciendo, ya lo veo venir, igual no hago nada, si ni sé pelar una papa.

Llegan las doce, la tía Marisa está hecha un monstruo de maquillaje corrido, la abuela está deprimida comiendo y llorando por el abuelo que no festeja más, mis padres peleados, y yo les digo que llegó la hora, salen a mirar los fuegos artificiales que tiran los vecinos, se quejan todos porque eso les hace daño a niños, perros, gatos, bebés, ancianos, pintores, escritores, bomberos, médicos, extraterrestres y demás seres en el universo, pero igual los miran brillar en el cielo.

Brindamos, nos abrazamos, decimos feliz Navidad, llega el momento de los regalos y yo elegí durante semanas qué les iba a dar, pero ellos deciden darme algunos billetes para que compre lo que quiera, eso me cae mal y todos dicen que arruino la noche por quejarme otra vez de lo mismo, les digo que si ya me quejé antes por qué lo repiten, además, una noche en la que todos pelearon y lloraron sin parar, el hecho de que yo haya elegido con la plata de papá regalos para todos pero nadie piense en otra cosa que en billetes para mí, da lugar a que me ofenda, me voy a la cama con mi dinero y como cinco kilos extra.

Eso no dura una noche, no dura unos días, dura mucho, parece que fueran mil quinientos días y para colmo se prometen que la siguiente semana se van a juntar por el año nuevo, donde vendrá la tía, la abuela, mi familia paterna se olvidará de que existimos, mis padres pelearán, yo me quejaré de que en reyes seguro me dan dinero, todos dicen que no me darán nada, pero en reyes todos me traen billetes, lo bueno es que para el ocho de enero todos están endeudados, peleados, jurando falsamente que no se juntarán el próximo año y yo estoy paseando por una tienda con mi amiga Emma, eligiendo en qué gastar el dinero que me regalaron.

bottom of page