camino hacia Demir
Virginia camina descalza, con su pijama corto por su descolorido y húmedo apartamento de la Ciudad Vieja. Tomando una taza de café mira por la ventana, está comenzando un nuevo día. Deja su taza a medio tomar junto a la computadora. La enciende y comienza a grabar su voz:
Santiago, sabes bien que odio escribir por eso te mando este mensaje. Hace seis meses que tomé esta decisión, pero no quería comunicártela hasta estar totalmente segura de que iba a hacerlo. Nuestra relación no va muy bien, tenemos que ser sinceros, no sabemos ni de qué hablar cuando estamos solos, llevamos ocho años de novios y no hicimos ni un solo plan de convivencia, mucho menos de matrimonio. No te lo reclamo, no creas que es por eso, tampoco deseo que pase.
Guarda la grabación y la adjunta a un mail. Camina hacia el guardarropas, y saca una maleta, luego una cartera. Se quita el pijama, y lo deja tirado en el suelo. Desnuda revisa las pocas ropas que quedan dentro del viejo mueble, elige un jean negro y una blusa roja, se los pone, toma la cartera y va hacia la cama, saca un pasaje de avión y lo observa un momento. Lo deja a un lado, se sienta en la cama y estira una pierna hacia debajo de la misma, saca de allí un zapatilla negra, del mismo modo encuentra la otra y se las pone.
A mi me gusta la ciudad vieja, piensa, pero necesito un cambio, necesito algo radical. Cumplí treinta y nueve años, y no quiero llegar a los cuarenta sin conocer nada más que este barrio y un par más de lugares, pero todo dentro del país. Deseo ver mundo, observa por la ventana nuevamente, sabe que algún dia ese paisaje será un recuerdo. Ese olor a humedad y ese panorama que ha visto por tantos años.
Vuelve a sentarse frente a su computadora.
Espero que me disculpes, Santiago, dice, las cosas pasaron sin querer, un día hace más o menos un año, creo que un año si, estaba aburrida mirando fotos en Facebook, y tuve una solicitud de amistad, lo acepté, era un hombre que con dificultad hablaba español, y algo de inglés. Lo comencé a ayudar con lo del idioma, y hoy se defiende muy bien, Demir, así se llama él, comenzó a contarme muchas cosas de su vida, y nos hicimos amigos. Intercambiamos fotos nuestras y de los países de cada uno. Una tarde hará unos ocho meses, vos y yo habíamos discutido, ni me acuerdo por qué, bueno, llegué me conecté, y Demir apareció online, chateamos horas, me hizo sentir bien, en calma, hizo que olvidara el mal rato.
Guarda el segundo audio y lo adjunta. Camina hacia el espejo mirándose se recoge el cabello, sonríe lo vuelve a soltar.
Creo que la vida sin riesgos y sin locuras no tiene sentido, piensa, mi vida con Santiago no va para ningún lado, y ya no siento lo mismo. La culpa no es de Demir, no es de Santiago, no es mía, es la vida, el destino, cosas que pasan y nada más.
Vuelve a la computadora y graba otro audio.
Al otro día en la tarde, intercambiamos las cuentas de Skype, nos vimos por webcam, todo comenzó jugando, haciendo bromas por los problemas que él tiene con el idioma, riéndonos de nosotros mismos, luego siguió con lanzarnos besos, ¡Ay Santiago!, creo que es hiriente para vos que te cuente los detalles, basta con que sepas que tuve una experiencia diferente. Nunca pensé que podría a llegar a gustarme tanto, creo que porque me sentí atractiva, deseada, como vos hace años no me haces sentir. El punto es que este tipo de relación, digámosle intima con Demir, se repitió muchísimas veces al punto de rechazarte en varias ocasiones. No te voy a mentir, comenzó como una novedad, siguió como un vicio y termine enamorándome de él. No sé si para vos cuenta como que tengo un amante, o te parece una tontería, pero te estoy dejando porque lo amo. Me voy porque creo que mi única frontera es mi voluntad, no hay límites para esto, el amor es así, solo pasa.
Solo grabaré un audio más, susurra tras adjuntar el archivo anterior al mail, y piensa, dicen que es un país muy bonito, que tiene edificios increíbles, he buscado imágenes a demás de las fotos que me mostró Demir.Si, yo quiero conocer ese lugar, pero da igual, no me voy solamente por hacer turismo, o cambiar de aires, me voyu porque allí me espera él, en realidad no es un camino hacia su país, es un camino hacia Demir. Sí, quiero conocer el mundo, tener nuevas experiencias, pero sin Demir no me interesaría, no lo hubiera siquiera imaginado.
Se levanta, camina hacia la maleta, la pone sobre la cama junto a la cartera, guarda los pasajes en el bolsillo y graba:
Tuvimos buenas épocas, pero hace seis meses, cuando le dije a Demir que lo amaba, y me propuso que me fuera con él que siento que acá no tengo nada. A mis viejos no los veo hace como tres años, mi trabajo es una porquería, y en fin lo único que quise fue explicártelo, y no desaparecer como una loca. No te amo Santiago, pero te quiero muchísimo.
Virginia adjunta el último archivo de audio. Toma la maleta, la cartera, y sin sentarse escribe : “Santiago, en los archivos te lo explico todo, me voy para Turquía, con cariño, Vicky” Lo envía y se va con una sonrisa en los labios, el paso seguro, dejando el pijama en el suelo, la computadora encendida y una taza a medio tomar de café
Zona adulta habilitada
Gonzalo se hizo una cola de caballo recogiendo su abundante y oscura cabellera, caminó hacia la barra, le hizo una seña al mozo y le pidió lo de siempre. Miró la pista, un espacio saturado de luces violetas y humo. Escuchó la música electrónica retumbando en el suelo y apenas movió la cabeza al ritmo de esta.
Una joven pelirroja se paró a su lado y apoyó ambos codos en la barra de mármol negro. Acercándose al oído del mozo, le habló y este asintió con la mirada. Gonzalo y la chica sonrieron al mismo tiempo al ver que ambos pidieron un Sunshine Margarita.
—Siempre lo pido —le dijo al oído Gonzalo a la joven.
—Yo no siempre, pero me gusta.
—Gonzalo
—se presentó y le ofreció la mano. Ella la tomó y se acercó a su oído: —Sofi.
—Te juro que no tengo otra ropa en el ropero —bromeó Gonzalo un rato después, acomodándose el cuello de la camisa para tapar el ruido de los parlantes—. Vengo acá siempre vestido igual. Sofi largó una carcajada y dio un sorbo largo a su copa.
—No te preocupes, yo compenso por los dos —le gritó al oído—. Soy fanática de comprarme ropa; si fuera por mí, vaciaría los locales todos los días.
Opinaron sobre el remix que sonaba y, casi sin pensarlo, Gonzalo la tomó de la mano para guiarla hacia el centro de la pista. Se movieron al ritmo hipnótico de las luces intermitentes. Ella se acercó, le clavó la mirada y le susurró que le encantaban sus ojos verdes. Ahí mismo, con los Sunshine Margarita sin terminar descansando en la barra, se envolvieron en un beso apasionado que se repitió una y otra vez, perdiendo la noción del entorno.
—¿Tenés algún lugar más íntimo a dónde ir? —preguntó ella, rozando sus labios.
—La verdad que no —confesó Gonzalo, con la respiración agitada.
—Eso no va a ser un problema —sonrió Sofi. Salieron y se besaron contra la pared junto a la entrada de la disco, bajo el cartel de neón titilante del Eternal Lover.
Llegaron a un monoambiente de paredes blancas. Sofi le preguntó si quería tomar o comer algo, pero Gonzalo no estaba interesado. Luego de una noche apasionada, el ambiente se tiñó con la luz del amanecer que se filtraba de a poco por la ventana. Sofi se sentó en el borde de la cama, cubriéndose tímidamente con la sábana blanca. Juntó las manos sobre su regazo, miró el suelo por un segundo y, levantando la vista con timidez, intentó llevar el vínculo un paso más allá:
—¿Me pasas tu número? Quizás si me das tu contacto, esto podría ser más frecuente —sugirió con un hilo de voz, esperando una conexión real fuera de esa discoteca.
—Mejor nos vemos mañana, en el Eternal Lover —le dijo él, evadiendo darle su contacto.
Nuevamente se encontraron en la misma barra al día siguiente y repitieron la secuencia de la noche anterior. Sin embargo, al terminar, Gonzalo, vistiéndose a toda prisa, la miró sonriendo de medio lado y levantó las cejas con un gesto de desdén.
Sofi reconoció ese gesto frío de descarte. Sintió la humillación, una que ya conocía muy bien, quemándole el pecho. Comenzó a negar con la cabeza, se le cortó el aire y gritó: —¡No!
Carlos se sacó el casco de realidad virtual de un tirón y lo lanzó a un costado del colchón gastado. Se tomó la cara con ambas manos y no paraba de repetir la palabra “no”, con la voz quebrada por la frustración de un chico que buscaba desesperadamente una validación humana que el mundo real le negaba.
En ese momento, una mujer con el rostro cansado de trabajar doble turno entró a la habitación estrecha y de paredes descascaradas. Se secó ambas manos con el delantal de cocina que llevaba puesto y le dijo con resignación: —Hermanito. Otra vez no.
—Me volvió a bloquear, solo dos veces lo hicimos esta vez —sollozó Carlos, encogiéndose de hombros.
—Te vi dormido con esa cosa en la cabeza y me imaginé que no entrabas a distraerte, sino a buscar a ese tipo de nuevo —dijo ella con un suspiro tierno pero resignado, acostumbrada a que su hermano menor escapara de la pobreza de su hogar mediante fantasías caras.
Carlos miró la pantalla de su vieja computadora, donde, parpadeando, se leía: “Localidad: habitación de alquiler nivel bajo para novatos, zona adulta habilitada”. Cerró la ventana con un clic furioso y volvió a mirar el monitor con los ojos humedecidos. En su lista de avatares disponibles, tachó "Sofi" y seleccionó: “Katia”. La mujer lo miró, negó con la cabeza, suspiró y le dijo: —Vamos, hice empanadas. ¿Comemos? —Sí, claro.
Gonzalo se quitó el pesadísimo casco neuronal, se rió para sí mismo y encendió un cigarrillo.
Lejos de la abundante cabellera oscura y los ojos verdes de su avatar, la realidad le devolvía un cuerpo desgastado de mediana edad, con ojos café pequeños y una calvicie avanzada que se le marcaba en la frente. —¿Te conectaste, Gonza? —preguntó su esposa desde el pasillo.
—No, bueno sí, fui a recorrer una playita —mintió él.
—No más mujeres virtuales dijimos, sé bien lo real que se siente, ahí te conocí eh —dijo la mujer mientras entraba al dormitorio y se acomodaba los aros frente al espejo.
—Obvio que no, amor, ya te dije. Entro a ver paisajes, hacer deportes extremos, esas cosas, probar comidas exóticas... ya sabés. Mañana entramos juntos como te gusta a vos —propuso Gonzalo.
—Hoy trabajo hasta tarde, pero sí, mañana sí.
Ella le besó la frente y bromeó con que cada vez le quedaba menos pelo, y él le dijo que gracias por recordárselo.
Ella se despidió. Él terminó de fumar, se puso los lentes de diario, apretó sus pequeños ojos café y observó que ella salía del departamento.
En cuanto escuchó la puerta de calle cerrarse, miró la pantalla de control de su simulador. Cerró la interfaz de "habitación de alquiler nivel bajo" y tecleó con prisa: “Discoteca: Eternal Lover”. Se encajó el casco y perdió la consciencia en el mundo físico.
Entró a la disco virtual recuperando su esbelto avatar de ojos verdes.
Su mirada escaneó el lugar y una rubia de piel digital impecable, llevando un vestido ajustado de látex, le tocó el hombro. —No me quedan créditos, ¿me invitás a un trago? —Si luego me invitás a tu casa…
—aceptó Gonzalo, mirándola de pies a cabeza con la suficiencia de su avatar y subiendo una ceja.
—Obvio, bombón.
—El trago que quiera la joven, va por mi crédito —le dijo él al mozo. Este asintió con la mirada.
Ella dijo que quería lo mismo que tomaba el chico, entonces el mozo le sirvió un Sunshine Margarita.
—Me llamo Katia —dijo la rubia, dándole un sorbo a su trago y mirándolo coqueta, ocultando detrás de sus ojos digitales la desesperación de Carlos.
—Yo soy Gonzalo. ¿Tenés a dónde ir?
—Obvio, tengo un depa de esos de zona adulta habilitada. ¿Vamos?
—Sí, claro. Vamos, hermosa.